martes, 14 de abril de 2009

Pepe Ariza


Por aquellos años, para el niño, la Madrugada empezaba y terminaba en la visión de dos costaleros, mi tío y mi padre, que salían de casa después de una cena breve, tras un Jueves Santo que se nos antojaba agotador acompañando a las mantillas en las preceptivas visitas a los Sagrarios.
Sólo nos quedaba esperar que a la mañana siguiente aquel costalero que era mi padre nos despertara para ir a ver las Esperanzas y la visita que aún mantenemos al Cachorro, por aquello de:
- Si esta tarde no nos vemos...
La Madrugada empezaba a alborear por la Gavidia, aquella primera vez que de la mano de mi madre vi al Señor en la calle, los ojos de aquel niño jamás podrán olvidar la visión de aquella silueta que se acercaba entre dos luces, y es que venía el Señor a la luz de los faroles, con su rostro “renegrío” y su túnica “morá”, como habíamos leído en aquel poema de Rodríguez Buzón, con su zancada poderosa y el movimiento único de su túnica en el andar racheado de sus costaleros, entre los que estaba mi padre, y la voz rota y solemne de aquel capataz que daba las ordenes con esas formas antiguas que tanto de menos hoy echamos en quienes se ponen delante de un paso.
Pasaron los años y mi padre dejó de salir bajo el paso del Señor, pero siempre le escuché hablar con admiración y respeto de sus capataces, esos que con voz de mando seguían mandando la cofradía, y con especial veneración del capataz que tocaba el martillo con el escudo de bronce del paso del Señor, hasta que hace algunos años dejó de hacerlo por cuestiones de gustos y de formas que siempre respetaremos en quienes tienen la potestad de dirigir una Hermandad.
De mi padre aprendí a venerar las formas de los Ariza, esas que desgraciadamente no pude vivir con ellos bajo los pasos, y hoy cuando Pepe Ariza anuncia su retirada de los martillos sólo puedo y quiero desde este Soberao, hacer constar mi militancia hacia una familia de capataces que siempre fueron mucho más que quienes se ponían delante de los pasos, pues de los Ariza sólo puedo hablar para bien, desde aquellos tiempos en que coincidí con Rafael, Pedro y Ramón en nuestro colegio trianero.
Hace apenas un año, la hermandad del Gran Poder les dio a los Ariza el homenaje merecido de quienes apostaron, siempre de frente, por hacer esa cuadrilla, de la que sin serlo, por sangre, siempre sentimos tan cercana..
Para el recuerdo de este año, nos quedaremos viéndo mandar este año al Cristo de la Buena Muerte en la Cruz Verde y dando esas revirás tan de la casa.
Y siempre recordaremos, aquella madrugada en que ya de nazareno, junto a mi padre, escuché aquella voz quebrada de Pepe Ariza que rompía el silencio de la Plaza de San Lorenzo entre trinos de vencejos cuando la luz ya había vencido a la noche.
Porque los capataces de verdad jamás se retiran, y con el respeto y la admiración que merecen los señores que hoy mandan ese paso, sólo espero algún día, volver a escuchar de nuevo aquella voz que mandaba al Señor, como aquella primera vez, que entre dos luces rompiendo albores, cruzó con su zancada poderosa, ante nuestros ojos por la plaza de la Gavidia.
(Fotografía: Jesús Martín Cartaya/Artesacro)

1 comentario:

dama dijo...

Cuando creces al lado de gente del costal y la trabajadera de categoría, creces como cofrade de una manera especial.
Me ha encantado tu historia. Pura seriedad y forma delante de un paso.