domingo, 21 de noviembre de 2010

Veintiuno de noviembre



Tiene este día en nuestras vidas, mucho de rito instaurado, rito aprendido año tras año, desde aquellos lejanos días de ir de tu mano mientras saboreabamos una piruleta recien comprada en el quiosco de la plaza más bonita del universo.
Mucho de ceremonial secreto y establecido, cuando aquella mano primero se sustituía por la de nuestros padres; un día como hoy sin ir más lejos tuvimos la dicha de subir por primera vez a tu cielo; de bronce y campanas; y andando el tiempo por aquella otra de adolescente con la que ibamos buscando por las (tus) calles de  nuestra  (la) vida, aquellos besos robados de juventud -que después se convirtieron en amargos y que hoy con la distancia no son más afortunadamente que surcos en el aire y de cuando en cuando amistad confindente-, y en fecha como hoy, eran bendita excusa en días colegiales para dejar el beso al aire, como de una caricia al viento de aquella estancia de presbiterio.
Tiene como siempre este día, de la festividad de la Presentación, un recuerdo para aquel de quien tanto aprendimos y que cada día que pasa comprendemos mejor sus palabras, recuerdos imborrables de quien nos enseñó a disfrutar de la mañana de un Domingo de Ramos o un Jueves Santo, el sabor de una manzanilla sanluqueña de una mañana de feria o un atardecer sanluqueño.
Hoy como ayer y como entonces, volvemos a buscar en el aire el chasquido inocente de aquellos besos que un día dejamos, con la esperanza de volver a sentir en aquel mismo presbiterio el suspiro que nos consuele, volver a recuperar a aquel niño, a aquel adolescente y aquella mano, que un día se fue  para siempre, llenando nuestra vida de amargura.
Pero la vida guarda secretas sensaciones, y aquello que un día descubrimos y que de no verlo dábamos por perdido, ha vuelto a resurgir con un nuevo encuentro, ese encuentro inesperado torpemente para nosotros, pero que se sabía se podía dar un día como hoy, veintiuno de noviembre y así entre las esquinas angostas por la que transcurre la vida, volvimos a reencontrarnos con el rito y lo descubrimos por primera vez a quien un día tendrá la dicha de tener en sus manos el legado de lo vivido.

(Fotografía: Alvaro Pastor)

2 comentarios:

Dama dijo...

Directo al corazón. Muy bonito.

Pititotis dijo...

Lagrimas de felicidad y de recuerdos